Cuando hay demasiados candidatos a un puesto, es que nadie es sobresaliente para imponerse sobre los otros.
El problema de los candidatos a la dirección del partido socialista francés es que ningún ellos aún no se elevó sobre la batalla diciendo a la izquierda las razones de sus dificultades, en Francia como en toda Europa.
La primera dificultad es que estamos mas allá de tres décadas después de la guerra, a este corto paréntesis durante el cual el miedo de la URSS y el auge de la reconstrucción habían permitido en el Trabajo imponerse al Capital la extensión continua de los acuerdos sociales.
En la actualidad, el dinero no tiene ya miedo de nada, ni de los tanques soviéticos, ni de una Gran Noche. Puede deslocalizar el empleo e invirtió la relación de fuerzas entre el Trabajo y el Capital.
El desempleo como el final de las grandes concentraciones trabajadoras, el debilitamiento sindical que se siga como los verdaderos retos que lanzan a las empresas occidentales de nuevas tecnologías y nuevos competidores con costes de producción ridículos.
La segunda dificultad es que el Occidente, precisamente, no domina ya el mundo. Ante las potencias emergentes, estos países occidentales donde se habían afirmado, al mismo tiempo, las libertades y la industria no están ya sola de decidir.
Desarrollo económico y dictadura política: un nuevo modelo pesa así cada vez más pesado sobre la escena internacional.
Allí también, la relación de fuerzas cambió y no está, por lo tanto, solamente al desmantelamiento acelerado de las protecciones sociales a que asiste una izquierda impotente. Es también a un conflicto frontal de la democracia que el siglo de las Luces, luego las revoluciones americanas y francesas han sido los fermentos de la izquierda europea. Habían hecho un ideal universal, así a menudo ridiculizado pero incontestado.

La tercera dificultad de las izquierdas es que los Estados naciones no pueden ya ser el marco del compromiso social. En cuanto la economía no tiene más de fronteras, ninguna ley nacional no ofrece más protecciones inevitables. No es sino que el Estado “no puede todo”, como lo había dicho Lionel Jospin, pero que es de sobra inútil hostigarse a hacer evolucionar sus leyes ya que no puede tanto, en realidad, más mucho él pesa poco en un mercado mundializado.
Hay una conclusión que extraer de estas tres dificultades, un orden del día que debe proponerse.
Si las izquierdas europeas quieren aún poder defender sus ideales políticos y sociales, su tarea cardinal debe ser, hoy, trabajar en la unidad política de Europa. Debería ser su prioridad ya que solamente un poder público de tamaño continental podrá imponer al mercado mundial y solamente una Europa potencia podrá llevar la libertad en un siglo en que las dictaduras toman tanto músculo económico.
En fracaso en casi toda la Unión ya que no tienen nada de creíble a proponer dentro de sus fronteras nacionales, las izquierdas europeas deben unirse cuanto antes en un único partido paneuropeo, encontrarse aliados, conquistar la mayoría al Parlamento de Estrasburgo y tomar en manos la Comisión de Bruselas para hacer lo que Roosevelt había hecho la Casa Blanca: el instrumento de un “New Deal”.
En Irlanda un sondeo dio el “no” en cabeza, otro el “sí”. Más del cuarto de los electores sigue siendo indeciso.
No se sabe si los irlandeses adoptarán o rechazarán el nuevo Tratado europeo en el referéndum de mañana pero hay una certeza en esta incertidumbre: Los europeos son enfadados con Europa, por lo menos muchos de ellos en muchos países.
Se desconfían, la tienen responsables de todos los males y de sus contrarios, no saben dónde les lleva este proceso de unificación.
Resumidamente, la rechazan y los argumentos de estos de euroenfadados - “estoy a favor de Europa pero otra, más de esto, menos de eso… " no cambian nada a esta realidad.
Hay tantas causas a esta crisis que incluso una victoria del “SÍ” en Irlanda no debería llevar subestimar la.
La primera es que entramos en un mundo tanto nuevo e imperceptible que el miedo encarga la prudencia, conduciendo las naciones europeas a doblarse sobre el marco conocido de sus Estados porque prefieren uno tenido en mano que dos porvenires. Una revolución tecnológica sacudió las viejas industrias en las cuales se hacía su vida.
La aparición de nuevos gigantes económicos con costes de producción ridículos ejerce una presión sobre los salarios y los acuerdos sociales, por todas partes revisados a la baja.
La libre circulación de capitales y la unificación del mercado mundial por la reducción de las distancias crean nuevas competencias que cada región experimenta y vive difícilmente.
Sin hablar de nuevas crisis políticas que se multiplican, este contexto no son, obvia, favorables a un proyecto de construcción Europeo que pasó así rápidamente de algunas políticas comunes a la moneda única, tratados que se acumulan y la inclusión de nuevos países no conocidos por una mayoría de los ciudadanos de la Europa de los Seis o incluso de los Quince.
La Unión da el vértigo y la segunda gran razón de este rechazo es que estamos en un entredós: cada vez más decisiones dependen de las instituciones comunes pero sin que ellas mismas dependen,
claramente al menos, de los electores europeos que tienen el sentimiento, muy justificado, de no tener peso sobre ellas.
La Unión sufre de un déficit democrático y, si se añaden a eso la crisis de las grandes corrientes políticas europeas, izquierda y derecha, y el descrédito de las élites, la ausencia de glamour de los Europeos para Europa se podría ser, aún, bien mayor.
Esta crisis no escapa al análisis. Se explica, al contrario, pero es doblemente catastrófica.
A permanecer en formación abierta, no presionar el paso hacia una potencia Europa que no podría ser sino federal, los Europeos rápidamente habrán perdido la batalla económica y política contra los gigantes, continentes o pedazos de continentes, que dominarán este siglo.
A no oponer al mercado mundial un poder público en condiciones de hacer el contrapeso, los Europeos no salvarán su modelo social sino lo verán barrer ya que los Estados naciones no tienen ya los medios de protegerlo.
Europa es una urgencia pero los Europeos consideran, ellos, que es urgente esperar.