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miércoles, 11 de junio de 2008

Los Europeos son enfadados con Europa

En Irlanda un sondeo dio el “no” en cabeza, otro el “sí”. Más del cuarto de los electores sigue siendo indeciso.
No se sabe si los irlandeses adoptarán o rechazarán el nuevo Tratado europeo en el referéndum de mañana pero hay una certeza en esta incertidumbre: Los europeos son enfadados con Europa, por lo menos muchos de ellos en muchos países.
Se desconfían, la tienen responsables de todos los males y de sus contrarios, no saben dónde les lleva este proceso de unificación.
Resumidamente, la rechazan y los argumentos de estos de euroenfadados - “estoy a favor de Europa pero otra, más de esto, menos de eso… " no cambian nada a esta realidad.
Hay tantas causas a esta crisis que incluso una victoria del “SÍ” en Irlanda no debería llevar subestimar la.
La primera es que entramos en un mundo tanto nuevo e imperceptible que el miedo encarga la prudencia, conduciendo las naciones europeas a doblarse sobre el marco conocido de sus Estados porque prefieren uno tenido en mano que dos porvenires. Una revolución tecnológica sacudió las viejas industrias en las cuales se hacía su vida.
La aparición de nuevos gigantes económicos con costes de producción ridículos ejerce una presión sobre los salarios y los acuerdos sociales, por todas partes revisados a la baja.
La libre circulación de capitales y la unificación del mercado mundial por la reducción de las distancias crean nuevas competencias que cada región experimenta y vive difícilmente.
Sin hablar de nuevas crisis políticas que se multiplican, este contexto no son, obvia, favorables a un proyecto de construcción Europeo que pasó así rápidamente de algunas políticas comunes a la moneda única, tratados que se acumulan y la inclusión de nuevos países no conocidos por una mayoría de los ciudadanos de la Europa de los Seis o incluso de los Quince.
La Unión da el vértigo y la segunda gran razón de este rechazo es que estamos en un entredós: cada vez más decisiones dependen de las instituciones comunes pero sin que ellas mismas dependen, claramente al menos, de los electores europeos que tienen el sentimiento, muy justificado, de no tener peso sobre ellas.
La Unión sufre de un déficit democrático y, si se añaden a eso la crisis de las grandes corrientes políticas europeas, izquierda y derecha, y el descrédito de las élites, la ausencia de glamour de los Europeos para Europa se podría ser, aún, bien mayor.
Esta crisis no escapa al análisis. Se explica, al contrario, pero es doblemente catastrófica.
A permanecer en formación abierta, no presionar el paso hacia una potencia Europa que no podría ser sino federal, los Europeos rápidamente habrán perdido la batalla económica y política contra los gigantes, continentes o pedazos de continentes, que dominarán este siglo.
A no oponer al mercado mundial un poder público en condiciones de hacer el contrapeso, los Europeos no salvarán su modelo social sino lo verán barrer ya que los Estados naciones no tienen ya los medios de protegerlo.
Europa es una urgencia pero los Europeos consideran, ellos, que es urgente esperar.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Ramon Chao: Porque me gustan los Catalanes

He encontrado este texto muy bonito que corresponde a lo que me ha hecho querer y disfrutar vivir en Catalunya.


Me gustan los catalanes porque a lo largo de su historia acogieron e integraron a íberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, judíos, árabes y toda clase de charnegos y sudacas, sin conocer los problemas que afectan ahora a Francia; es un ejemplo.
Me gustan los catalanes porque ya el 7 de abril de 1249 (uno va hacia Matusalén) el rey Jaime I nombró a cuatro prohombres de Barcelona (los paers) para dirimir los conflictos de la ciudad sin violencias ni reyertas. Esos hombres sabios, que pasaron a cien en 1265, (el Consell de Cent), iniciaron el sistema del gobierno municipal de Barcelona Gracias a ellos reinó allí la concordia, y antes de empuñar las armas prefirieron siempre emplear la razón.



Me gustan los catalanes porque en toda su historia no han ganado ni una sola guerra, y encima les da por conmemorar como fiesta nacional una de las batallas que perdieron en 1714 a manos de las tropas de Felipe V de Borbón. Cataluña había dejado de ser una Nación soberana. Desde entonces, cada 11 de septiembre muchos catalanes y catalanas, como hay que decir ahora, se manifiestan para reclamar sus libertades.


Me gustan las catalanas porque una de ellas, joven y bien plantada por cierto, no vaciló en pegarse a mi espalda durante cuatro días en el asiento trasero de una vespa cuando recorrí la península en pos de Prisciliano.
Me gustan los catalanes porque tienen de emblema un burro tenaz, trabajador y reflexivo, muy alejado del toro ibérico cuyas bravas y ciegas embestidas lo abocan a la muerte. Estos animales son de una raza registrada, protegida, y prolíferos sementales. Al igual que el cava, se exportan a numerosos países para mejorar la especie autóctona, como a Estados Unidos, donde crearon el Kentucky-catalan donkey. Y allí no piensan, ni mucho menos, en boicotearlos.
Cierto es que en el carácter catalán confluyen las virtudes del asno. Pero los rasgos diferenciales no se limitan a los de este cuadrúpedo. La población catalana se define por una doble característica: el seny y la rauxa . El seny implica sabiduría, juicio mesurado y sentido común.
Tenía seny aquel catalán que iba en un compartimiento de un tren al lado de la ventanilla. Tiritaban de frío y los otros pasajeros le pidieron que la subiera: “Es igual”, contestó a varias solicitudes, hasta que un mesetero se levantó furioso y alzó la ventanilla… ¡cuyo cristal estaba roto! “Es igual”, volvió a repetir el buen hombre con toda su santa cachaza.
Al seny le responde la rauxa , asimilable a la ocurrencia caprichosa, la boutade (frase ingeniosa y absurda). Cuando de joven y surrealista Dalí iba en el metro y veía a un cura con sotana, le decía: “Siéntese, señora”.
La alianza de estas dos facetas en un solo individuo forma el carácter catalán, que se comunica, se comparte y se aprecia. El otro día al regresar a París en avión desde Barcelona quise ayudarle a un pasajero, dada la exigüidad del espacio, a ponerse el abrigo: “No, por favor, no se moleste, que bastante trabajo me cuesta a mí sólo”. Pero lo más refinado lo percibí en el taller del ceramista Artigas. Él y Joan Miró estaban trabajando en el mural del aeropuerto de Barcelona. Le pedí a Miró que le dedicara una lito a mis hijos. Puso: “Para Manu y Antoine, afectuosament”. Cuando la vio Artigas hizo este parco comentario: “Te lo escribió en catalán para ahorrarse una letra”.
Me gusta Cataluña porque allí, según Arcadi Espada, don Quijote recobró la razón, sin duda contagiado por el seny. Me hubiera dado mucha pena que el Ingenioso caballero muriera loco.
Me gusta Cataluña en fin y sobre todo porque uno de mis hijos eligió su capital para vivir en ella por ser una ciudad abierta, tolerante y discreta.
Ramón ChaoMúsico, escritor y periodista, Padre del cantante Manu Chao y Caballero de las Artes y las letras por el gobierno francés.